dimarts, 7 de maig del 2013

Humo negro


Siempre he pensado que siento demasiado. Me habría gustado ser roca y dejarme acariciar, imperturbable, por el sol y ser erosionada lentamente por el embate de las olas. Pero nací bajo el yugo de los sentimientos y así habré de morir.

Para muchos, la infancia constituye una especie de paraíso perdido, pero para mí no lo fue. Me recuerdo como una chica asustadiza, extremadamente tímida e introvertida que se refugiaba en los libros, como si de un talismán se tratase. Ante un mundo inhóspito y frío, en que no sabía cómo desenvolverme, me sumergí en los libros, que sí me acogían en su seno. Así, sustituí a los amigos que no tenía por personajes literarios y Tom Sawyer o El Pequeño Vampiro me acompañaron en mi viaje.

A medida que iba creciendo, se acrecentaba también mi pasión por los libros, pasión devoradora que me encerró más y más en mi misma. No aceptaba la realidad que se me imponía y, en vez de enfrentarme a mis temores, huía hacia paraísos artificiales. Mi carácter, ya de si propenso a la melancolía y al pesimismo, se agravó con la difícil entrada a la adolescencia. Sentía, sentía demasiado, pero era incapaz de comunicar mis angustias a los que me rodeaban ni reconocerlo ante mí misma. Me balanceaba ante el precipicio, su negrura abismal me fascinaba y sólo un pequeño empujón me podía hacer en sus profundidades. El empujón se materializó en la separación de mis padres y en el ingreso al instituto.

Recuerdo esta etapa de mi vida como una sucesión de tempestades y días grises, pero sin un rayo de sol. Yo me encontraba en medio de un temporal, no sabía donde se dirigía mi barco ni si me hundiría en las profundidades del océano. A los catorce años sin saber nada de la vida, me adentré en el espiral destructivo de la depresión y se agotaron mis ganas de vivir. No era consciente de lo que me estaba pasando, pero estaba lejos de todo y la sola conciencia de la vida me provocaba dolor.

Durante toda mi vida había ido construyendo un muro. Este muro no dejaba que mi voz se escuchara en el exterior, pero tampoco que la realidad penetrara fluidamente en mí. Con el tiempo he aprendido a desmontar, ladrillo a ladrillo, esta pared, edificada con la argamasa de la frustración y el miedo y asomarme con precaución al terreno ignoto de los sentimientos.

Muy despacio, la vida volvió a circular por mis venas exangües de oxígeno y volví a tener hambre de sensaciones. Poco a poco fui saliendo del pozo al que había descendido y me atreví a caminar por el césped que lo rodeaba. Actos cotidianos que me suponían un terrible esfuerzo, como comer o ducharme, volvieron a ocupar su puesto entre los movimientos mecánicos de cada día. Se abría una nueva ventana para mí y luché para no desaprovechar la nueva oportunidad que me brindaba la vida.

En esta nueva etapa de mi vida descubrí el amor en toda su plenitud. El hecho de ser el objetivo de las flechas del deseo hizo que cobrara más seguridad en mi misma y saliera de mi mutismo. Me dejé arrastrar por este primer fuego amoroso que me incendiaba por dentro y me cegaba hacia todo lo que no fuera mi objeto de deseo y no vi la influencia nefasta que estaba ejerciendo en mí. Él tenía quince años más que yo y se basaba en la experiencia para adoctrinarme. Con el tiempo me di cuenta de esta manipulación soterrada, rompí mis cadenas y tomé el partido de adquirir una voz propia y gritar mis propias ideas.

Entonces hice lo que toda adolescente tendría que haber estado haciendo ya; salir y divertirme. Pero a medida que iba construyendo mi identidad y expresaba ideas propias, se iban irguiendo más muros a mi alrededor. No todo el mundo veía con buenos ojos mi nueva actitud y se criticaban mis amistades, la ropa y la música que escuchaba... Yo me sentía como un bicho raro y lo que más me dolía eran los comentarios en voz baja y los dardos clavados en la espalda. Descubrí la hipocresía de nuestra sociedad, que lo envenena todo y me cubrí con el manto de la falsedad para sobrevivir en la vileza del mundo.

En esta época tuve varias relaciones amorosas que fracasaron y no colmaron mis expectativas respecto a la relación en pareja. No sentí la plenitud hasta que conocí a Joan. Con él todo parecía fluir sin dificultad, era un bálsamo para mis heridas y un árbol en que recostarme. Fue mi amigo y amante antes que surgiera el amor y éste no irrumpió de golpe, sino que se formó a través de pequeños fragmentos: su sonrisa, una confidencia, él saliendo de la ducha… Nunca nadie me había tratado con iguales dosis de cariño, comprensión y fraternidad. Nuestra relación, que había empezado como algo pasajero, fue cobrando un sesgo más y más serio a medida que pasaban los días, hasta que nos dimos cuenta que no podíamos pasar un día sin vernos y que no concebíamos el futuro el uno sin el otro. De todo esto ya hace seis años y yo aún estoy prendada de su voz.

Pero el amor no borra los otros aspectos de la vida, aunque puede suavizarlos, y en COU tuve otra depresión, más leve, encubierta de malestares físicos. Por esta razón, y arrastrando un gran sentimiento de culpabilidad, repetí curso y me preparé para entrar en el mundo universitario. Mi carrera la decidió mi pasión por los libros y el primer año fue muy especial porqué todo era nuevo para mí: los profesores, las asignaturas, los edificios, mis compañeros… sentía temor ante una nueva recaída, ya que zozobraba ante los cambios de dirección en el viento. Pero la adaptación fue más fácil de lo que suponía y rápidamente me acostumbré a las clases y entablé nuevas amistades...

(¿Continuará?)





Maria Montoriol Llopart


Esparreguera, a 16 de març de 2005.



                                                   
Foto de Núria Montoriol. Esparreguera.


1 comentari:

  1. Aquesta petita obra autobiogràfica la vaig escriure quan tenia 25 anys i cursava Filologia Hispànica. I reflecteix part de la meva història i essència.

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